elcoleccionista

El coleccionista

La palabra es un ojo
El silencio la espía

Edmond Jabès
La corteza del mundo, 1953

En una entrevista en el año 1982 en Roma, Antonio Gnoli le preguntó a Bruce Chatwin sobre su marcha de Sotheby’s, y la respuesta fue: “soportaba cada vez menos el juego sublime que interviene cuando se piensa, se mira, se constituye una colección… su frialdad, su rigidez, su previsibilidad”.

Una opinión distinta con respecto al mundo del coleccionismo la encontramos en una conversación grabada en el año 1986 para el archivo de la institución americana Art-Smithsonian. Giuseppe Panza di Biumo comenta: “no podemos creer en el arte si no creemos en un cierto tipo de actitud inmutable o perenne, si se prefiere llamarlo así, hacia aquello que es bello, aquello que es importante y aquello que es esencial en la vida”.

En estas últimas décadas, estamos asistiendo a un notable incremento de museos y centros de arte, que muestran sus colecciones, exposiciones y organizan actividades de una forma muy dinámica. La razón de este hecho la podríamos encontrar en los cambios que se han producido en el comportamiento social, en lo que se refiere al uso y disfrute de la cultura por parte del público. La rápida evolución de la sociedad hacia una mayor disponibilidad de tiempo libre, ha creado lo que se llama cultura del ocio, que ha provocado un giro en la forma de percibir y consumir cultura. La dedicación de recursos humanos y económicos tanto públicos como privados a la creación de contenedores y contenidos culturales, crea espacios y discursos en algunos casos complejos, en otros confusos.

Esta situación a veces se aleja demasiado del compromiso de la Cultura, aunque hay centros cuyas actividades y colecciones ofrecen alternativas e intentan apartarse de una cierta homogenización de la presión mediática, o incluso política. A partir de este nuevo paisaje, cada centro cultural debería definir qué entiende por coleccionismo y qué persigue con la exposición de las obras de arte.

¿Fueron, Duran-Ruel, Vollard y Kahnweiler marchands o coleccionistas? Ellos “acogieron” a una serie de artistas que habían creado el Salon des Refusés y posteriormente el Salon des Indépendants, como consecuencia de que sus obras –consideradas excesivamente modernas– fueron rechazadas por los criterios absolutistas de la Academie de Beaux Arts.

¿Fue Kaspar Utz otro tipo de coleccionista?

¿Son las colecciones Panza y Herbert una “buena forma” de coleccionar, cuando adquieren obras en el primer momento de su realización?

¿O la colección óptima sería aquella que cuestiona cierta herencia histórica y crea otros métodos mediante relecturas de la sociedad?

Lo que hace que una colección sea coherente e inherente a ella misma y a la historia, y por tanto susceptible de ser mirada y admirada, es el vínculo –el relato no verbal– que establece entre lo que propone primero a la persona que escoge la obra, el coleccionista y posteriormente al público que la contemplará.

Las obras que ha ido reuniendo Josep Suñol durante estos últimos treinta y cinco años, van desde una vasta mirada histórica de las vanguardias del siglo XX, hasta el espacio privado donde el artista traza su ruta.

Desde principios de los años 70, Josep Suñol va constituyendo una colección sobre las vanguardias históricas, con Picasso, Miró, Man Ray, Balla, Tàpies, Saura, etc. Poco tiempo después empieza a adquirir obras de autores considerados de la generación posterior: Gordillo, Solano, Zush, Boetti, etc., y cuando esta generación, que podríamos llamar la de los 80 se va consolidando, arranca con una nueva serie de incorporaciones de artistas de los 90, con autores, entre otros, como Colomer, Rom, Buxbaum o Noguero. Esta “cronología” va configurando un sinfín de imágenes, cuyo valor reside en su inclusión en el momento histórico al que pertenecen y, al mismo tiempo, está muy relacionada con la percepción que de ella tiene Josep Suñol.

La colección relata de una forma excelente una serie de experiencias individuales –en cuanto que están realizadas por individuos– pero a su vez universales, y esto sólo se consigue si el autor de la obra tiene un compromiso y una propuesta que hacer con la historia, con la estética entendida como contenedor y vehículo. Estética que se fija más en el ser que en el hacer, más en la estructura que en la epidermis.

La “prueba” estética tiene mucho de nomadismo. No hay un lugar concreto, hay lugares. No hay obra, hay obras, de las cuales se desprenden situaciones que van desde el placer a la crueldad, del reposo a la fatiga, de lo bello a lo horrible, de un sentir a otro sentir.

Estas –aparentes– grandes distancias, a menudo se tocan, acortan los tiempos, creando de esta forma la gran paradoja de la certidumbre universal.

La colección Josep Suñol seduce, atrae, porque ha conseguido crear unos flujos visuales empotrados en el transcurso del tiempo. Tiempo homogéneo o heterogéneo, pero en cualquier caso vivo, consciente de su tensión.

La metáfora, el descubrimiento del objeto, la amistad y la memoria siempre están presentes.

En el transcurso de estos años, es evidente que las vivencias de este largo viaje –con sus necesarias paradas– han valido la pena. Es entender que el arte tiene un lenguaje que para unos es inevitable en la vida.

Sergi Aguilar

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